junio 03, 2014

Espera

Todas las mañanas a eso de 6 en el Idilio pasa algo como esto...


Se que no va a pasar nada pero también le cogí el gustito a la espera... Leer más...

diciembre 30, 2013

Diomedes y la muerte

Tomada de http://flic.kr/p/bXX8VC
El pasado 22 de diciembre de 2013, culminaba la vida de uno de los más grandes cantautores del vallenato, género músical autóctono y predominante en el Caribe colombiano, Diomedes Díaz.

El luto invadió los corazones de su 'fanaticada', como el cantante cariñosamente llamaba a todos sus seguidores. Pero bien se sabe en el vallenato que el luto lo acompaña la parranda para hacerlo más llevadero. Sin embargo, la parranda es un fino borde donde se celebra la vida pero en el que un mal paso o un resbalón puede decantar en la muerte.

En una célebre entrevista concedida al finado periodista Ernesto McCausland, ampliamente compartida en las redes sociales a modo de 'meme', Diomedes Díaz manifestaba su aversión a la muerte. Aún así, muchas de las canciones interpretadas por el cantante citaban a la dama fría pues ella, junto a la vida y al Old Parr, era invitada de honor a la parranda. Muchas veces para emborracharse, otras para tomar pasajeros al viaje eterno.

La Hora Gaviria quiere citar algunas de las melodías que la voz máxima del vallenato colombiano entonó, a propósito de su triste deceso.


1. Sueño Triste (Compositor: Calixto Ochoa)

Una vez conocí la muerte del 'Cacique de la Junta', recordé una vieja canción que hablaba del sueño final. Encontré paradójico el hecho que alguien que nunca quiso morirse, haya cantado a la evocación de un fallecimiento, y aunque no fuese el suyo, imagino que compartía el mismo sentimiento del autor.



2. El esqueleto (Compositor: Calixto Ochoa)

Calixto Ochoa se refería a la muerte como el 'esqueleto' en esta canción. Diomedes Díaz le añadió el sentimiento. Nada tan democrático como la muerte que afecta al pobre, al viejo, al acomodado y al limosnero. Y sí, cuando uno se muere no se lleva nada pero deja algo. Ese algo que al final para Diomedes fue todo, fue el legado que deja a la cultura musical vallenata.



3. Esta voz es para siempre (Compositor: Hernán Urbina Joiro)

Aunque la canción está dirigida a una mujer, habla de la voz del cantor que en romería resuena en los oídos de su amada perdurando por siempre, aún después de la muerte. Así es la voz de Diomedes que siempre resonará en el alma de las personas que tocó.



4. Muchas Gracias (Compositor: Diomedes Díaz)

Diomedes da las gracias a todas las personas que le ayudaron a alcanzar el lugar que obtuvo en vida. En contraprestación, Diomedes deja su canto y su fama. Su canto que quedó impreso en cientos de canciones que no alcanzarían a llenar -llevado a términos ultramodernos- un iPod convencional. Su fama que alcanzó a través de todos los conciertos que ofreció, las acciones -buenas y malas- que realizó. Todo parte de un hombre que no fue solo un tipo normal. Un hombre que no precisó de la muerte para hacerse leyenda pues su gente y su música le concedieron tan singular fortuna.


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diciembre 13, 2013

Nuestro mayor temor

Es increíble cómo un mensaje puede cambiar una perspectiva. Es increíble, además del mensaje en sí, la manera cómo llega a nuestra vida.
En mi primera mañana de vacaciones, buscando entretenimiento entre el caudal de canales que ofrece mi servicio de televisión por cable me topé con la película 'Akeelah and the Bee'. Pero más allá de la trama del filme -que encontré muy hermosa y diciente-, he encontrado un mensaje que a continuación quisiera compartir...

"Nuestro temor más profundo
no es que seamos inadecuados.
Nuestro temor más profundo
es que somos infinitamente poderosos.
Nos preguntamos, '¿Quién soy yo
para ser brillante,
bella, talentosa y fabulosa? '
En realidad,
¿quién eres para no serlo?
Nacimos para manifestar
la gloria de Dios que llevamos dentro.
Y al dejar brillar nuestra luz,
inconscientemente permitimos
que otros hagan lo mismo".


P.D. Desconozco el orígen de este poema pero agradezco haberlo encontrado.
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noviembre 26, 2013

Capitulación de otra guerra perdida con antelación

Princesa Sxxx
Dicen que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo aguante. En medio de mi catarsis intento sacudirme y enmendar el paso. Tres años después, pese a todo lo malo -que fue poco-, me viene la memoria una noche de bar, un primer beso y esto:

Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.

Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.

Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.

¿Te acuerdas del primero…? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenaron sé de lágrimas tus ojos.

¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celosa imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos… vibró un beso,
y qué viste después…? Sangre en mis labios.

Yo te enseñe a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Dudo que encuentres esto y dados los desencuentros, es mejor que no llegue por mi. Solo espero que lo que venga sea mejor...
Se despide, un poco errático, este servidor...

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Capitulación de una guerra perdida con antelación

Apreciada Pxxxx.
No se cómo escribir sin parecer injusto. Aunque, ¿quién dijo que las guerras eran justas?
Sólo se que luché, pero fui preso del miedo y ese enemigo no perdona. Por eso, perdí. Te perdí.
Más o menos así quedé...


Se despide, un tanto patético, este servidor...
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septiembre 10, 2013

Colombia: Tres generaciones de buen fútbol

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agosto 20, 2013

#SalsaAlParque

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abril 03, 2013

Cuento pre-réquiem

Por Ángela Jiménez

Aún no había muerto,  y sin embargo mi madre ya alistaba la ropa para su funeral.  Sus ojos, cada día iban perdiendo el fulgor que iluminaba la casa materna. Cada vez probaba menos bocado, y ella sabía que el día del éxodo podría llegar en cualquier momento.

Como podía con sus manos llenas de torpeza,  propia de la vejez que le estorbaba, se rezaba cuatro rosarios al día, rogándole a la virgen que intercediera ante el Padre para que le diera cinco años más de espera y prolongara sólo por esos pocos días su permanencia la tierra.

Sus rezos eran interrumpidos por ella misma cada treinta segundos, pues olvidaba por momentos la continuación del Ave María que se sabía al derecho y al revés en sus tiempos de juventud; en aquellos tiempos rancios, en los que la gente tenía temor de Dios, y pretendía empatar los pecados de la vida profana, coreando alabanzas al cielo, que sólo por la fe que le obligaron a tener, creía eran escuchadas.

Su voz se había tornado flemática y sus ademanes, cada vez más lerdos.  Algunas veces entre los renglones de su memoria,  se le escapaban nombres, y palabras comunes. Su enmarañada cabeza, le permitía desvariar  y le hacía viajar en pequeños espacios de tiempo a su pueblo natal; luego a los 20 minutos, podía querer  salir corriendo a la casa de su hija más querida, porque ella sabía que la casa estaba a la vuelta de su cuarto,  --“ sí aquí mija, aquí a la vuelta de la casa”--, que realmente, era la habitación en un cuarto piso, del hospital en el que estaba internada a razón de sus quebrantos de salud.

Su válvula mitral estaba ya burlada a causa de los 91 años que “su Dios le había regalado".  Aunque tengo la leve sospecha de que fue por el argumento válido  de las vicisitudes que le tocó sortear a lo largo de su vida.  Era una mujer agria, dura, reacia, indócil e insolente...  Recuerdo que pocas veces sonrisas tímidas se escabullían por entre su rostro.  Su rictus frívolo, no daba lugar para pensar en estremecer su alma aún con el gesto más tierno propio de la infancia de sus nietos más pequeños. Es más, recuerdo perfectamente, que nunca la vi llorar, porque no era una mujer sensiblera.  Por el contrario, todo el tiempo le huía a la temeridad.   Esa mujer era un roble.  Un roble de raíces fuertes, que nada, nunca, podría derribar.

La casa de la abuela ya olía a flores y a inciensos... A los olores que más les he temido en la vida. Evitaba ya  dormir por el temor de ser sorprendida a prima noche por su indomable espíritu antojado de recoger los pasos en las casas que tenía más entretejidas a su corazón. Tenía el temor  de cerrar los ojos, pues en cualquier momento podría cumplir su amenaza fatal de "agarrarme el pie, pelarme los dientes y mostrarme sus ojos  desorbitados al tiempo que con su mano derecha jalara su lengua", todo aquello en síntoma de protesta por las veces en que le desobedecía.  La desobediencia que encontraba en mi disfrute, el pellizcar los pezones que cubría su bata, y agarrar con fuerza y constantemente sus firmes nalgas por encima de la pollera. Cuánto detestaba que yo hiciera eso; sin embargo, aprovechaba cualquier momento de su descuido infantil, para reincidir con alevosía.

Nunca, a pesar del alzheimer tardío que me hacía reír continuamente, olvidó su escalofriante amenaza. El irrevocable ultimátum al que siempre desatendí burlonamente y al  que ahora  más que nunca, temo que formalice cuando alguna fuerza desconocida, falle a favor de la conclusión de su vida.
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